domingo, 27 de octubre de 2019

"...o de Gaspart"

Que el Barça perdiese aquella final de la Copa de Europa del 86 no fue culpa, ni mucho menos, de Terry Venables. Como tampoco lo fue de Schuster, o de Archibald. De hecho, ni tan siquiera podemos culpar a Alexanco, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos, por haber fallado sus lanzamientos en la tanda de penaltis. El verdadero culpable de aquella tragedia fue José Luis Núñez. y déjenme que les explique el por qué. Lo tengo todo anotado por aquí, luego de años de investigaciones.

Cuatro años antes, en el verano del 82, Núñez había fichado al mejor jugador del mundo en aquel momento, Diego Armando Maradona. Dos años estuvo el pelusa en el Camp Nou. Fue un corto periodo de tiempo, interrumpido por una grave lesión, pero que alcanzó para ganar una Copa del Rey, una Supercopa de España y una Copa de La Liga.

Núñez sabía perfectamente que Maradona iba a explotar en Nápoles y a llevar, a partir del 84, a un equipo a punto de descender en la liga italiana, a ganar sus dos primeros scudettos y una Copa de la UEFA. 

Núñez también sabía que, apenas mes y medio más tarde de aquella fatídica final de Sevilla, ante el Steaua de Bucarest del 86, mientras yo aún tenía pesadillas por la noche, como buen azulgrana quinceañero fiel a los colores, Maradona campeonaría con la albiceleste en el Mundial de Méjico, dejando por el camino, luego de la fase de grupos, a Uruguay, Bélgica e Inglaterra, para ganar la final a la omnipresente Alemania. Lo de Inglaterra fue con cierta ayuda divina, y con el mejor gol del siglo XX, el del "barrilete cósmico", cuya narración de Víctor Hugo Morales, seguro habrá enviado la NASA a los confines del universo como uno de los signos de la civilización humana, por si los alienígenas esos de los ojos grandes y negros, cabeza pequeña y verde con antenas a los lados, la encuentran cuando nos hayamos extinguido por culpa de los veganos y, todo hay que decirlo, de los negacionistas del calentamiento global.

Fíjense si Núñez tendría claro aquello de que Maradona solo, era capaz de llevar a todo un equipo a grandes gestas que, hasta el Buitre llegó a afirmar, que cualquier selección de las 16 que alcanzaron los octavos de final de aquel mundial de Méjico 86, habría sido campeona por el mero hecho de tener al pelusa en sus filas.

Y, si el Buitre tenía aquellos informes en su taquilla, porque entonces Emilio Butragueño no tenía despacho, imagínense ustedes los que tendría Núñez encima de su mesa. Ello a pesar de que Maldini, ese experto que te diría ahora mismo la alineación de un tercera división tailandés sin despeinarse ni tutibear, todavía andaba ligando en la Complutense, en espera de que Canal+ se dignase a nacer.

Créanme que aquella Copa de Europa la perdimos dos años antes de jugarla, cuando Núñez traspasó a Maradona al Nápoles. Su responsabilidad es una mera interpretación matemática de las fechas y acontecimientos posteriores. Así que, la culpa fue de él...o de Gaspart.


(Foto: Jugadores del Barça en el césped de Sánchez Pizjuán, el 7 de mayo de 1986, después de perder la final de la Copa de Europa ante el Steaua de Bucarest en la tanda de penaltis, un mes antes del comienzo del Mundial de Méjico 1986).

Video del segundo gol de Diego Armando Maradona ante Inglaterra, en los cuartos de final de la Copa del Mundo de Fútbol Méjico 1986: https://www.youtube.com/watch?v=O8G9ytZg-bM



viernes, 28 de diciembre de 2018

Toque de campana

Para usted y para mí, entendidos en esto del atletismo, es oír la expresión toque de campana y venirnos a la mente el cambio de ritmo que dábamos en el último cuatrocientos en el viejo Martín Freire. Una mínima o un récord en juego, normalmente. 

Por entonces competíamos en igualdad. Entiéndase eso de la igualdad, como una igualdad contextualizada en una época, aquella, de tres décadas atrás. Competíamos juntas personas del mismo sexo y edad, que nos desplazábamos de manera similar. Si tocaba correr, corríamos todos. Si tocaba marchar, - ya saben, eso de caminar moviéndose como una culebra- pues marchábamos casi todos. 

Pero oiga, ha llegado, ya de una manera oficial y estable, la nueva igualdad a nuestra vida atlética, a semejanza del resto de vidas que tenemos cada uno. Y ha llegado para hacerla desigual. Me explico: ahora ya no competimos en pista, sino por montaña o asfalto. Y no lo hacemos de manera selectiva, entre entendidos, sino masiva, incluyendo tantos desconocedores de este arte como dorsales puedan venderse y gente quepa en los cajones de la salida. La pasta es la pasta.

Ya no busca la persona el regocijo de practicar atletismo y superar su propia marca, sino la necesidad imperiosa del exhibicionismo en las redes sociales con un dorsal en el pecho. Sudado y arrugado, a ser posible, con un plus si está embarrado o ensangrentado.

Y es, en esta igualdad moderna, mal concebida y peor entendida, donde la desigualdad ha vuelto para quedarse. Me lo confirmaba una mujer, corredora de montaña, hace semanas. Allí arriba, supongo que por los efectos de la deuda de oxígeno, hay más de dos y de tres hombres a los que les jode que una tía les gane. Y pierden la razón. Y, de paso, la vergüenza, y pasan a mi confidente casi a empujones, en esos estrechos caminitos de cabras por los que se corre en más de una prueba. Nada bueno debe ser, verte rodeado de tíos fuera de sí al borde de un precipicio y a falta de poco para la meta. La meta, la medalla y el selfie.

Entiendo yo a mi confidente y se que ni miente ni exagera. Oyéndola, y escuchándola además, me vinieron a la mente esos cambios de ritmo y esos gritos de macho alfa que, sobre la linea de meta, me meten a mí en los tímpanos cuando estoy a punto de acabar cualquier media maratón. "Me va a ganar a mí el marchador ese" deben pensar, mientras aumentan el ritmo todo lo que pueden, agónicamente, para adelantarme sobre la linea de llegada, con tropezón incluido cuando el sufrido competidor va ya a ciegas, en un esfuerzo agonístico, propio del selfie y de la medalla que le esperan.

Así que, en la última Media Maratón en la que participé, la de mi ciudad, tomé la disparatada decisión de pararme en el kilómetro 20 y salir anónimamente del circuito justo en el momento de gloria y fama de esos grandes deportistas que me suelen acompañar en el furgón de cola. Al paso por la primera vuelta, ya me habían avisado de lo que me esperaría los participantes en los 10,5 kilómetros. Ya ahí tuve algún empujoncito y unos cuantos parones en seco de los exhaustos deportistas de nuevo cuño. Así que, la decisión, poco mérito tuvo, para serles sinceros.

Pena de la medalla y del selfie.