lunes, 10 de febrero de 2014

El fin de mi postureo


Yo, como cualquiera de ustedes, me he dejado envolver por esta corriente de las redes sociales y el running. Pero rectificar es de sabios, y de marchadores. Cuando empecé con esto del ocio virtual, hace cosa de tres años, pensaba que esos conocidos que escribían en sus blogs sobre cada entreno que hacían, sobre sus objetivos, sus miedos , lesiones, sus nuevas zapatillas ultraligeras,  sus geles, sus rivalidades, su propio argot y sus competiciones eran gente entrañable, sin complejos y había que tenerlos en cuenta y aprender de ellos. Decidí, en aquel momento, que era cuestión de abrir el ojo y desparramar la vista. Que el poner asunto a quienes trotan un par de veces en semana, a ritmos desconocidos para un federado,  sería tan enriquecedor como el relacionarme con mis amigos de los años ochenta, de aquel machaque sin tregua, en el tartán del viejo Martín Freire. Y así fue mientras estos nuevos compañeros, a los que también tomé como referentes, insisto, por lo entrañable, que no por sus marcas o métodos, llegaron a la conclusión de que realmente ya sabían de atletismo. Ese día, de repente, todo cambió. Y también ese día decidí que mi postureorunning debía zanjarse del plumazo y uno tendría que retomar el sigilo, que no falsa modestia, que merecía la ocasión. Ese día en que todo cambió es hoy. Rectificar es de marchadores y de sabios. Permítanme la frivolidad de auto incluirme en la primera de las dos categorías.

 

jueves, 6 de febrero de 2014

Subiendo al Martín Freire por la cara sur.

Hoy he rodado algo más que ayer y menos, previsiblemente, que mañana. Una hora y diez minutos.
Preocupado que iba, ya a la altura del Zoco Negro, donde dice mi amigo Dani que vive su amigo Germán el timplista, porque no se me ocurría nada.
Y eso que marchar, lo estaba haciendo como todos los días, con el piloto automático puesto.
Pero nada tú. Que no me venía nada a la mente.
Ya de vuelta, a la altura de la fábrica de Haricana, en una especie de recta en falso llano de unos tres kilómetros que, todos los que la hacen corriendo se empeñan en decir que es una cuesta, me he acordado, otra vez, de aquellos maratones de los años ochenta. Aquellas ediciones en línea, entre Galdar y Las Palmas de Gran Canaria, llenas de toboganes y en las que se corría junto al tráfico, por el arcén, cuando lo había.
Los atletas terminaban en la vieja pista del Martín Freire. Para entrar en el tartán y recorrer los últimos trescientos metros de la maratón, tenías que subir una cuestecilla también bastante prolongada, de un kilómetro, desde La Hoya de La Plata hasta la puerta de la instalación.
La cuesta en sí nunca ha sido gran cosa pero, después de 41 kilómetros, a todo el mundo le ha parecido siempre como subir un ocho mil por la cara sur.
Hoy en día, cualquiera que pagase por correr la GC Maratón, le metería un pleito al Cabildo, con el mejor despacho de abogados de la capital por medio, por la orografía final de la carrera.
Subiendo al Martín Freire, desde Galdar y por la cara sur, en menos de 2 horas y media.